Tellero Bo

Recuerdo que siendo un niño mi curiosidad natural me llevaba por todo los rincones de las casas de mis abuelas. Naturalmente, eso derivó en la creación en mi mente de un mapa en el que anotaba los lugares en los que había estado y los "tesoros" que había descubierto en cada sitio.

Los rincones llenos de polvo y moho fueron parte de mi infancia. Y a pesar de cierto temor a la oscuridad, la emoción de explorar y encontrar objetos extraños, para mi, siempre fue un placer en mis tardes de ocio.

Los adultos encontraban esta afición poco menos que chocante. Definitivamente jamás encontré algo de verdadero valor material pero después de incesantes peticiones siempre conseguía mi recompensa: historias.

Mi abuela paterna nació y se crió en el campo y tenía por tradición, conocer alguna que otra historia que valía la pena escuchar. Brujas, aparecidos, momias, eran los personajes que surgían en sus relatos. Sin embargo, y aunque a veces lograba asustarme, mi interés aumentaba a medida que comenzaba a notar los gestos dibujados en su rostro cuando contaba estas historias y como la trama cambiaba dependiendo de su estado de ánimo.

A medida que fui creciendo y entendiendo un poco más el mundo de los adultos, comencé a interesarme por las historias que tenían un efecto directo en mi propia vida. Siempre fui bueno escuchando y mi imaginación no escatimaba en ideas para construir todo un escenario que ilustrara los relatos que llegaban a mis oídos.

Algunos de ellos anidaron allí y me han acompañado hasta mi vida adulta debido solo a su condición de misterio. Como la historia de un probable pretendiente perdido de alguna tía solterona a la que jamás le conocí un romance. La historia real del origen de mi familia materna, especialmente el secretismo que envuelve la relación de mi abuela y su padre. O aquella en la que la protagonista es una grabación que realizó mi abuelo, un hombre de campo que terminó sus días trabajando para el ferrocarril y a quien no pude conocer al morir cuando yo recién llegaba a este mundo, pero que tuvo el buen gesto de dejarme su voz grabada en un audio cassette de quien nadie tiene explicación acerca de como pudo saber manipular un aparato ajeno a su tiempo.

Misterio. Una sensación que me atrae como una feromona poderosa, irresistible. Las historias contadas a medias o con eventos que no son del todo explicables, son el tipo de historias que dan paso a las leyendas, a los cultos. Relatos que guardan un gran poder oculto y ponen de manifiesto la necesidad del ser humano de reunirse alrededor y escuchar. Relatos que tienen la habilidad de convertir un objeto convencional en un símbolo y en algunos casos, de crear tesoros auténticos.

Uno de esos tesoros llegó a mis manos hacia el final de mis años en la Universidad. Durante la planeación de la producción de un mini documental que estábamos por video grabar, me encontraba de visita junto a algunos compañeros, en una casa típica de principios del siglo XIX, en uno de los barrios más antiguos de la ciudad.

El dueño de la misma, un hombre que había vivido toda su vida en esa casa y quien la heredó de su madre, nos contó la historia de como un gran rancho productor de leche se fragmentó en una retícula que dio paso al surgimiento del barrio entero.

La casa en la que nos encontrábamos era el resultado de la segmentación que había sufrido la "casa mayor" de tal rancho. Y cuyos dueños se fueron marchando a través del tiempo, dejando atrás montones de historias y ladrillos a medio caer.

Con la llegada de los tiempos modernos, el barrio continuaba su transformación al grado de que en ése tiempo, tan solo quedaban algunas de las casas que atestiguaban, como huellas impresas en piedra, el paso que el Art Decó dejó en ése rincón de la ciudad.

Una tarde llegué antes que todos los demás. El anciano me abrió la puerta y notando que era mucho más temprano que la hora acordada, me dejó vagar un poco por el patio ubicado en el fondo de la propiedad. En la parte más alejada había una especie de casa pequeña destinada en mejores tiempos, al personal de servicio.

Como el anciano me había dado permiso de curiosear me sentí con la libertad de intentar entrar y ver qué tesoros y secretos se ocultaban en esos rincones. Fue una verdadera sorpresa encontrarme con aquél espectáculo. Por donde se pasara la vista se podían ver libros de todos los tipos, temas y periodos. Aquello parecía ser la interpretación artística de la casa de un ermitaño erudito a quien le había explotado la biblioteca.

Para mayor extrañeza, podría decir que en aquél sitio había menos polvo que libros. Lo cual parecía no tener sentido dado al tiempo que aquellos volúmenes debían llevar ahí. Algún insensato podría decir que sería como si alguien se hubiera encargado de mantener el polvo a raya pero sin alterar el perfecto descuido con el que cada ejemplar había sido depositado en su sitio.

Mis primeros pasos fueron los de un arqueólogo ingresando a un antiguo templo, cuidando de no perturbar ninguno de los objetos que ahí reposaban. Mi intención era disfrutar vagando por aquél sitio como un visitante casi etéreo, como un fantasma respetuoso atestiguando el misterioso aspecto de un caos en graciosa armonía.

No recuerdo ni me importó el tiempo que estuve dentro de la casita de libros pero recuerdo escuchar el timbre de la puerta anunciando que mi aventura y deleite llegaban a su fin. Bajé las escaleras para cruzar el patio y reunirme con mis colegas. Durante toda la tarde me acompañó una sensación de confort. Había logrado ver uno de los secretos de esa casa y ahora sentía que podía escuchar su voz invitándome a escuchar todos los relatos que guardaba y quería compartirme. De inmediato vino a mi mente el recuerdo de la expresión en el rostro de mi abuela cuando notaba que me tenía atrapado con sus palabras.

Al término de la reunión, me acerqué nuevamente al anciano y pedí su consentimiento para regresar al paraíso de los libros y tomar algunos que habían llamado mi atención. Un poco renuente y con disimulada amabilidad estuvo de acuerdo y yo me apresuré hacia el fondo de la propiedad sin darle tiempo de reconsiderar su momento de debilidad social.

Estando solo nuevamente y en medio de la habitación, invité en silencio al misterio, le pedí que fuera parte de mi como cuando escudriñaba los polvorientos rincones de la casa de mi abuela. Llené mi olfato con el aroma a café con leche recién preparado y escuché la lluvia golpear la ventana en una tarde con sol. Me cubrí la cabeza con la cobija para encender una linterna que me permitiera leer aquellas historias con personajes que me provocarían pesadillas, relatos de lugares lejanos en el tiempo y situaciones que trastornan el sentido común y de pronto, logré escuchar...

– Aquí estoy. Soy real y estaré contigo para siempre.


- Tellero Bo, marzo 2017.