Cada cual su botella

Franklin Fletcher soñaba con el lujo en forma de pieles de tigre y mujeres hermosas. En caso necesario estaba dispuesto a prescindir de las pieles de tigre. Por desgracia, las mujeres hermosas parecían igualmente raras e inaccesibles. En su despacho y en la pensión donde se alojaba, las chicas eran ratones, o gatunas, o coquetonas, o habían leído insuficientemente los anuncios. Franklin no conocía otras. A los treinta y cinco años renunció, y decidió que debía consolarse con un hobby, que es un muy miserable segundo premio.

Merodeó por raros rincones de la ciudad, observó los escaparates de anticuarios y quincalleros, se preguntó qué demonios podía coleccionar. Llegó a una pobre tienda, de un pobre callejón, en cuyo polvoriento escaparate había un solo objeto: un barco de aparejo complejo metido en una botella. Sintiéndose más bien así él mismo, Franklin decidió entrar y preguntar por el precio.

La tienda era pequeña y estaba medio vacía. Viejas estanterías se alineaban en las paredes, y estas estanterías tenían una gran cantidad de botellas, de todos tipo y tamaños, que conteñian diversos objetos únicamente interesantes porque estaban embotellados. Mientras Franklin continuaba mirando, se abrió una puertecilla y por ella salió el propietario arrastrando los pies, un acartonado anciano con un elegante sombrero que parecía moderadamente sorprendido y complacido por tener un cliente.

Enseñó a Franklin ramilletes, aves del paraíso, la Batalla de Gettysburg, jardines japoneses en miniatura e incluso una cabeza humana contraída, todo ello en botellas tapadas.

Son –explicó el anciano– diversos tipos de genios, jinns, sibilas, demonios y cosas por el estilo. Algunos, creo, es muy difícil de meterlos en una botella, más difícil que meter un barco con todo su aparejo.

–¿Y qué son esas cosas –preguntó Frank–, las del estante de abajo?

–Ahí no hay mucho que mirar –dijo el anciano–. Mucha gente opina que son cosas absurdas. Personalmente, me gustan.

Sacó algunas muestras de la polvorienta oscuridad. Una botella parecía no contener nada aparte de una reseca mosca, otras contenían quizás cerdas de caballo o pajas, o meros manojos del cielo sabe qué. Algunas botellas parecían estar llenas de opalescente humo.

–Son –explicó el anciano– diversos tipos de genios, jinns, sibilas, demonios y cosas por el estilo. Algunos, creo, es muy difícil de meterlos en una botella, más difícil que meter un barco con todo su aparejo.

–¡Oh, vamos! ¡Esto es Nueva York! –dijo Frank.

–Tanto mayor motivo para esperar que haya embotellados los más estraordinarios genios –dijo el anciano–. Se lo enseñaré. Aguarde un momento. El tapón está un poco duro.

–¿Pretende decir que hay uno ahí dentro? –repuso Frank–. ¿Y va a soltarlo?

–¿Por qué no? –replicó el viejo, que había desistido de sus esfuerzos y sostenía la botella junto a la nariz–. Este... ¡Santo Cielo! ¡Porque no, ciertamente! Mis ojos están cada vez más débiles. Casi he destapado una botella que no debo destapar. ¡Un cliente muy desagradable, ése! ¡Válgame Dios! Es una suerte que no haya sacado ese tapón. Será mejor que lo vuelva a poner en el estante. Debo recordar que está abajo a la derecha. Le pondré una etiqueta uno de estos días. Aquí tengo algo más inofensivo.

–¿Qué hay dentro? –preguntó Frank.

–Se supone que es la mujer más bella del mundo –dijo el viejo–. Está muy bien, si es que le gusta esa clase de cosas. Yo nunca me he molestado en destaparla. Buscaré algo más interesante.

–Bueno, desde un punto de vista científico –dijo Frank–, yo...

–La ciencia no es todo –dijo el anciano–. Mire esto. –Levantó una botella que contená un objeto minúsculo, momificado, con aspecto de insecto, apenas visible entre la mugre–. Pegue la oreja a la botella.

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