Cada cual su botella

Frank así lo hizo. Y pronunciadas con un especie de silvido nada similar a una voz, exuchó las palabras:

–Lousiana Lad, Saratoga, cuatro con quince. Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince –repetía sin cesar la "voz".

Yo me aburrí. Pensé "Lo que me gustaría de verdad es una tiendecita, con toda clase de cosas metidas en botellas". Y por eso le ordené que me complaciera.

–¿Qué diablos es eso?

–Eso es la Sibila de Cumas original –contestó el viejo–.

Muy interesante. Ella está interesándose por las carreras de caballos.

–Muy interesante –dijo Frank–. De todas formas, me gustaría ver esa otra botella. Adoro la belleza.

–Es un poco artista, ¿eh? –dijo el viejo–. Créame, lo que usted necesita en realidad es un tipo bueno, de aptitudes variadas, serviciable. Aquí tengo uno, por ejemplo. Le recomiendo a este personajillo por experiencia personal. Él es práctico. Puede resolverle cualquier problema.

–Bueno, siendo así –dijo Frank–, ¿porqué no ha conseguido usted un palacio, pieles de tigre y todo eso?

–Tuve todo eso –dijo el anciano–. Y él lo arregló. Sí, esta fue mi primer botella. El resto llegó gracias a él. En primer lugar conseguí un palacio, cuadros, esculturas, esclavos. Y, como ha dicho usted, pieles de tigre. Le ordené que pusiera a Cleopatra en una de ellas.

–¿Cómo era ella? –exclamó Frank.

–Estaba bien –repuso el anciano–, si es que le gusta ese tipo de cosas. Yo me aburrí. Pensé "Lo que me gustaría de verdad es una tiendecita, con toda clase de cosas metidas en botellas". Y por eso le ordené que me complaciera. Él me consiguió la Sibila. Él me consiguió ese tipo feroz. De hecho, él me consiguió todo.

Yo no le vendería una botella vacía. ¿Por quién me toma?

–¿Y ahora está él ahí dentro? –preguntó Frank.

–Sí. Está dentro –dijo el viejo–. Escúchelo.

Frank apretó la oreja a la botella. Y pronunciando en quejumbrosos tonos, oyó:

–Déjame salir. Déjame salir . Por favor, déjeme salir. Haré lo que sea. Déjeme salir. Soy inofensivo. Por favor, déjeme salir. Solo un ratito. Déjeme salir. Haré lo que sea. Por favor...

Frank miró al anciano.

–Él está ahí, si –dijo–. Está ahí.

–Naturalmente que está ahí –dijo el viejo–. Yo no le vendería una botella vacía. ¿Por quién me toma? De hecho, yo no vendería nunca esa botella, por razones sentimentales, pero ya hace muchos años que tengo la tienda y usted es mi primer cliente.

Frank volvió a poner la oreja en la botella.

–Déjeme salir. Déjeme salir. oh, por favor, déjeme salir. Haré...

–¡Dios mío! –exclamó Frank, nervioso–. ¿Está así siempre?

–Muy probablemente –dijo el anciano–. No puedo decir que yo presto atención. Prefiero la radio.

–Parece más bien duro para él –dijo comprensivamente Frank.

{Tal vez –repuso el viejo–. A la gente no parece gustarle las botellas. A mi, sí. Me fascinan. Por ejemplo...

–Dígame –le interrumpió Frank–, ¿es él realmente inofensivo?

–Oh, si –contestó el anciano–. Válgame Dios, sí. Hay quien dice que esa gente es engañosa..., sangre oriental y todo eso... Pero no opino igual. Solía dejarlo salir. Él hacía sus cosas y volvía a la botella. Debo decirlo, es muy eficiente.

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