Cada cual su botella

¿Podría conseguirme cualquier cosa?

–Absolutamente cualquier cosa.

–¿Y cuánto quiere por él?

–oh, no lo sé –dijo el anciano–. Diez millones de dólares. Tal vez.

–¡Caramba! No tengo tanto. De todas formas, si él es tan bueno como usted afirma, quizá consiga el dinero mediante un préstamo.

–No se preocupe. Digamos que cinco dólares está bien. Tengo tanto cuanto quiero, esa es la verdad. ¿Se lo envuelvo?

Frank pagó los cinco dólares y se apresuró a volver a casa con la preciosa botella, aterrorizado, temiendo que se rompiera.

Frank pagó los cinco dólares y se apresuró a volver a casa con la preciosa botella, aterrorizado, temiendo que se rompiera. En cuanto estuvo en su habitación quitó el tapón. Del interior fluyó una prodigiosa cantidad de sucio humo, que de inmediato se solidificó hasta formar la figura de un grueso y rollizo oriental de dos metros de altura, con bultos de grasa, nariz ganchuda, un blanco perverso en sus ojos, enorme mentón partido: en conjunto igual que un productor cinematográfico, pero más voluminoso. Frank, haciendo desesperados esfuerzos por decir algo, pidió shashlik, pinchos morunos y pastas turcas. Todo llegó al momento.

Frank, tras recobrar el equilibrio, notó que las modestas ofrendas eran de excelente calidad, y que estaban dispuestas en platos de oro sólido, con soberbios grabados y pulidos hasta alcanzar una deslumbrante brillantez. Gracias a pequeños detalles de este tipo puede reconocerse a un criado de primera categoría. Frank estaba complacido, pero refrenó su entusiasmo.

–Los platos de oro están muy bien –dijo–. Pero vamos al grano. Megustaría un palacio.

–Oìr es obedecer –dijo el moreno criado.

–Deberá ser de tamaño adecuado –continuó Frank–, con una situación adecuada, muebles adecuados, cuadros adecuados, esculturas adecuadas, tapices y todo eso. Me gustaría que hubiera allí un buen número de pieles de tigre. Soy muy aficionado a las pieles de tigre.

–Allí estarán –dijo el esclavo.

–Soy un poco artista –añadió Frank–, como observó tu antiguo amo. Mi arte, por así decirlo, exige la presencia, sobre esas pieles de tigre, de varias mujeres jóvenes, rubias, morenas, pequeñas y bien proporcionadas, con una figura digna de Juno, lánguidas, vivaces, todas hermosas, y no es preciso que vayan excesívamente vestidas. Odio el exceso de ropa. Es vulgar. ¿Tienes eso?

–Lo tengo –dijo el jinn.

–Entonces quiero tenerlo yo –dijo Frank.

–Condesciende solo en errar tus ojos durante el lapsus de un minuto –solicitó el siervo–, y al abrirlos te encontrarás rodeado por los agradables objetos que has descrito.

–De acuerdo –dijo Frank–. ¡Pero ningún truco, cuidado!

Cerró los ojos tal como le habían pedido. Un sonido grave, un silvido, un zumbido musical brotó y lo envolvió.

Cerró los ojos tal como le habían pedido. Un sonido grave, un silvido, un zumbido musical brotó y lo envolvió. Al final del minuto Frank miró a su alrededor. Allí estaban los arcos, columnas, estatuas, tapices, etc., del palacio más exquisito imaginable, y en todas partes hacia donde dirigió la mirada vio un apiel de tigre, y sobre cada piel de tigre había una joven reclinada, de soberbia belleza y ciertamente sin vulgar exceso de ropa.

Nuestro buen Frank quedó, para expresarlo suavemente, extasiado. Fue corriendo de un lado a otro igual que una abeja en una floristería. En todas partes fue recibido con dulces sonrisas indescriptibles, y con miradas de franca o velada simpatía. Sonrojos y párpados caídos. La llameante faz del ardor. Un hombro vuelto, pero en absoluto un hombro frío. Brazos abiertos, ¡y qué brazos! Amor disimulado, pero en vano. Amor triunfante.

–Debo afirmar –dijo Frank posteriormente– que he pasado una tarde realmente deliciosa. He disfrutado de cabo a rabo.

–En ese caso –dijo el jinn, que en ese momento estaba sirviendo la cena–, ¿puedo implorar el favor de que se me permita ser su mayordomo, y el responsable general de sus placeres, en lugar de volver a esa abominable botella?

–No veo por qué no –contestó Frank–. Parece bastante duro que , después de haber dispuesto todo esto, vuelvas a estar apretujado en la botella. Muy bien, serás mi mayordomo, pero entiende esto: sea cual sea el trato, deseo que nunca entres en una habitación sin llamar primero. Y sobre todo, ninguna jugarreta.

El jinn, tras una zalamera sonrisa de gratitud, se retiró y Frank no tardó en retirarse a su harén, dodnde pasó la noche tan agradablemente como había pasado la tarde.

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