Cada cual su botella

Transcurrieron varias semanas totalmente repletas de estos amenos pasatiempos, hasta que Frank, en obediencia a la ley que ni siquiera los jinns más eficaces pueden ignorar, empezó a sentirse cada vez más raro, un poco hastiado, un poco inclinado a criticar y señalar errores.

–Estas criaturas son jóvenes y bonitas –le dijo a su jinn–, si a uno le gusta ese tipo de cosas, pero supongo que difícilmente pueden ser de primera clase, o yo estaría más interesado por ellas. Yo, bien mirado, soy un experto. Nada puede complacerme salvo lo mejor. Llévatelas. Recoge todas las pieles de tigre excepto una.

–Así se hará –dijo el jinn–. Observa, está hecho.

–Y en esa piel de tigre restante –dijo Frank–, ponme a la misma Cleopatra.

Un instante después, Cleopatra estaba allí, con un aspecto, hay que admitirlo, absolutamente soberbio.

–¡Hola! –dijo ella–. ¡Aquí estoy, otra vez en un a piel de tigre!

–¿Otra vez? –gritó Frank, que de pronto recordó al viejo de la tienda–. ¡Venga! Llévatela. Traéme a Helena de Troya.

Un instante después, Helena de Troya estaba allí.

–¡Hola! –dijo ella–. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre!

–¿Otra vez? –gritó Frank–. ¡Maldito sea aquél viejo! Llévatela. Traeme a la reina Ginebra.

Ginebra dijo exáctamente lo mismo. Igual que madame de Pompadour, lady Hamilton y el resto de famosas bellezas que Frank logró imaginar.

–No me extraña que ese viejo fuera un viejo tan enormemente arrugado –comentó–. ¡Viejo vicioso! ¡Viejo demonio! Se ha llevado la plata de toda la cubertería. Llámame celoso si quieres, pero yo no pienso desempeñar un papel secundario a lado de ese bribón, de ese viejo asqueroso. ¿Dónde puedo encontrar una criatura perfecta, digna de los abrazos de un hombre tan experto como yo?

–Si se digna a dejar ese problema en mis manos –dijo el jinn–, permítame recordarle que en aquella tienda había una botellita que mi anterior amo nunca había abierto, porque yo se la proporcioné cuando él había perdido el interés en asuntos de esa clase. Sin embargo, esa botella es famosa por contener a la mujer más bella del mundo entero.

–¡Tienes razón! –exclamó Frank–. Consígueme esa botella sin demora.

Al cabo de unos segundos la botella estaba ante él.

–Puedes tomarte la tarde libre– dijo Frank al jinn.

–Gracias –dijo el jinn–. Iré a ver a mi familia de Arabia. No la he visto desde hace mucho tiempo.

Y dicho esto hizo una reverencia y se fue. Frank centró su atención en la botella, que no tardó mucho en abrir.

De ella (la botella) surgió la mujer más hermosa que puede imaginarse. Cleopatra y las demás eran brujas desaliñadas comparadas con ella.

De ella surgió la mujer más hermosa que puede imaginarse. Cleopatra y las demás eran brujas desaliñadas comparadas con ella.

–¿Donde estoy? -preguntó la bella–. ¿Qué palacio tan hermoso es éste? ¿Qué hago en una piel de tigre? ¿QUién es éste apuesto y jóven príncipe?

¡Soy yo! -exclamó Frank, embelesado–. ¡Soy yo!

La tarde pasó igual que un instante en el paraíso. Antes de que Frank se diera cuenta, el jinn había vuelto, dispuesto a servir la cena. Frank tenía que cenar con su encantadora amiga, porque esta vez se trataba de amor, el auténtico amor. Los maliciosos ojos del jinn, que entró con las viandas, se desorbitaron al contemplar tanta belleza.

Sucedió que Frank, todo él amor y desasosiego, salió corriendo al jardín entre bocado y bocado, para coger una rosa para su amada. El jinn, con el pretexto de servir vino a la bella, se puso muy cerca de la mujer.

–No sé si me recuerdas –dijo en un susurro–. Yo estaba en la botella más próxima a la tuya. A menudo te admiraba a través del vidrio.

–Oh, sí –dijo ella–. Te recuerdo perfectamente.

En ese momento volvió Frank. El jinn no podía seguir hablando, pero fue de un lado a otro de la sala, inflando su monstruoso pecho y haciendo gala de sus rollizos y morenos músculos.

–No debes temerle –dijo Frank–. Solo es un jinn. No le prestes atención. Dime que me amas de verdad.

–NAturalmente que si –dijo ella.

–Bueno, dilo –repuso Frank–. ¿Por qué no lo dices?

–Lo he dicho –contestó ella–. Naturalmente que si. ¿No acabo de decirlo?

Esta vaga y evasiva réplica oscureció la felicidad de Frank, como si una nube hubiera tapado el sol. La duda brotó en su mente y destrozó por completo momentos de exquisito embeleso.

–¿En quién estás pensando? –preguntó Frank.

-No lo sé –replicó ella.

¡Déjame salir! –chilló–. Déjame salir. Por favor, déjame salir. Déjame salir. Haré lo que sea. Déjame salir, déjame.

–Bien, tendrías que saberlo –afirmó él, y empezó una discusión.

En un par de ocasiones Frank incluso ordenó a la bella que volviera a la botella. Ella obedeció con una sonrisa maliciosa y reservada.

–¿Por qué sonríe de esa forma? –le preguntó Frank al jinn, confiándole su angustia.

No puedo asegurarlo –replicó el jinn–. A menos que ella tenga un amante oculto ahí dentro...

–¿Será posible? –exclamó Frank, consternado.

–Es sorprendente cuánto espacio hay en una de esas botellas –dijo el jinn.

–¡Sal! –gritó Frank–. ¡Sal ahora mismo!

Su encantadora amiga surgió obediente.

–¿Hay alguien más en esa botella? –chilló Frank.

–¿Cómo iba a haber alguien? –preguntó ella, con una mirada de inocencia más bien exagerada.

–Dame una respuesta clara –dijo él–. Responde sí o no.

–Sí o no –replicó ella enloquecedoramente.

–¡Embustera, estás engañándome, ramera de poca monta! –exclamó Frank–. Entraré ahí dentro y lo averiguaré personalmente. Si encuentro a otro hombre, ¡que Dios ayude a los dos!

Dicho esto, y mediante un intenso esfuerzo de coluntad, Frank entró fluídamente en la botella. Miró por todas partes: no había nadie. De repente escuchó un sonido en lo alto. Levantó los ojos, y el tapón estaba introduciéndose.

–¿Qué estás haciendo? –gritó Frank.

–Estamos poniendo el tapón –contestó el jinn.

Frank maldijo, suplicó, rogó e imploró.

–¡Déjame salir! –chilló–. Déjame salir. Por favor, déjame salir. Déjame salir. Haré lo que sea. Déjame salir, déjame.

El jinn, no obstante, tenía otros asuntos que atender. Frank sufrió la infinita mortificación de contemplar esos otros asuntos a través de las cristalinas paredes de su prisión. Al día siguiente notó que ascendía, que surcaba el aire velozmente y que le depositaban en la sucia tiendecilla, con las demás botellas, sin que nadie hubiera descubierto la falta de la suya.

Allí permaneció un interminable periodo, cubierto de polvo de pies a cabeza y frenético y rabioso al pensar lo que estaría pasando en su exquisito palacio entre su jinn y su infiel amada. Finalmente, un grupo de marineros llegó por casualidad a la tienda y, al oír que aquella botella contenía a la mujer más bella del mundo, la compraron mediante suscripción colectiva de la tripulación. Al destapar la botella en alta mar y descubrir que allí solo estaba el pobre Frank, su desengaño no conoció límites y usaron al desgraciado con extrema atrocidad.

Historias destacadas

Tellero Bo

+ Leer historia

Cada cual su botella

+ Leer historia

El último vuelo de Amelia Earthart

+ Leer historia

Publicidad