El elogio del fango

El Cairo, 2 de febrero.

El profesor Denis Poissard, el más original de los egiptólogos vivientes, me invitó a escuchar una conferencia que pronunciaría en el Liceo Francés de El Cairo. Más que el orador mismo, quien por lo demás es un hombre de múltiples recursos, me atraía el tema de su conferencia: Les Gloires de la boue.

Comenzó el conferenciante con una vigorosa protesta contra el sentido despectivo que se atribuye a la palabra "barro" "fango". Tirar fango, quiere decir acusar a un pueblo o a un hombre; "el fango que sube" significa en la jerga de los catones puritanos la denuncia de los progresos de la corrupción en la vida política, en el modo de vestir o en las costumbres.

Declaró Poissard con acentos conmovidos que esas expresiones son un insulto a la verdad. Según él, también las formas de la materia inerte tienen derecho al respeto y a la justicia. Manifestó que el fango no puede ser sinónimo de fealdad o de vergüenza, porque la civilización humana no habría sido posible sin él.

...el fango no puede ser sinónimo de fealdad o de vergüenza, porque la civilización humana no habría sido posible sin él.

En todos los sitios del mundo, gran parte de los edificios está hecha con ladrillos, y éstos no son más que porciones de barro endurecido y enrojecido por el fuego. Las hermosas casitas de Holanda y los protervos rascacielos de New York, no son más que conjuntos de barro cocinado en los hornos. En la antigua Babilonia los ladrillos adquirieron aún mayor dignidad, puesto que sirvieron como pergamino y papel para transmitir los poemas de los dioses y las gestas de los reyes mediante caracteres cuneiformes grabados en los mismos.

Una de las artes más nobles y útiles, la escultura, ni siquiera sería concebible sin la creta, o sea sin el barro. Las terracotas, como su nombre lo indica, no son más que fango plasmado armoniosamente por las manos de los artistas o artesanos, y no solo esto sino que, además, la mayoría de las estatuas de bronce y de mármol fueron modeladas con barro antes de ser traducidas a materiales más duraderos. El mismo Miguel Ángel, que ha quedado en la imaginación de la gente como el titán capaz de lograr sus estatuas en mármol con la violencia de su cincel, siempre comenzaba recurriendo al limo de los ríos Arno o Tíber para hacer previamente los modelos de sus creaciones. Y acaso, ¿no dice exprésamente el Génesis que el primero y máximo estatuario, Jahveh, modeló a Adán con "el limo de la tierra"?

El pasís de los lotófagos, descrito por Homero, nos hace recordar que para algunos pueblos primitivos, el barro fue un alimento. Y por lo demás, muchos de nuestros alimentos, ¿qué otra cosa son sino barro transformado y sublimado por el calor del sol? La fertilidad fabulosa del antiguo Egipto se debía, como ya lo describía Herodoto, al fango del Nilo. Si algunas veces el lodo dejado por el río, era escaso, los súbditos de los Faraones se veían condenados al hambre.

El barro siempre ha estado en relación necesaria con las bebidas y los comestibles. toda la cerámica y vajilla de la antigüedad, muchas veces agraciada con la pintura, y también en gran parte por la alfarería moderna, tesoro de la gente pobre, no son más que trozos de barro que han pasado por el torno y por los hornos. Las ánforas griegas y etruscas, los búcaros españoles, los huacos peruanos, la vajilla del Renacimiento, todas son cosas que llenan los armarios y vitrinas de todos los museos del mundo.

Las civilizaciones comienzan en el fango y concluyen en la sangre.

Pero tiene el barro una gloria, la más singular y significativa, que hasta ahora no ha sido captada por la sutileza de los historiadores: he descubierto –exclamó el profesor Poissard con aire de triunfador–, que las grandes civilizaciones de la tierra han nacido y han florecido en el barro. Los emigrantes africanos que fundaron el Imperio Faraónico eligieron como sede el valle del Nilo, inundado por el fango de ese río; Asiria y Babilonia crearon sus ciudades en medio de las regiones palustres formados por los ríos de la Mesopotamia; China tuvo su primer foco de vida civilizada en los aguazules fangosos del Hwang-Ho; una gran parte de los actuales Países Bajos no es más que cieno arenoso conquistado al mar.

"Las más famosas ciudades de Europa son hijas del barro. El valle donde nació Florencia era un inmenso pantano situado entre el río Arno y el monte Fiésole; París nació en las barrosas orillas del Sena; su nombre antiguo, Lutecia, significa precísamente lodosa, fangosa; Venecia surgió en las islitas barrosas de la laguna; Berlín entre las aguas estancadas y fangosas del Spree; San Petersburgo en el fangoso estuario del Neva.

"La historia universal –concluyó diciendo el profesor Poissard–, podría ser compendiada en esta breve fórmula: Las civilizaciones comienzan en el fango y concluyen en la sangre".

Cuando el conferenciante cesó dehablar fueron poquísimos los aplausos que se oyeron. Yo me había divertido mucho oyéndole, y fui el único que tuvo el valor necesario para aproximarse a la cátedra y estrechar la mano del ingenioso reivindicador de las Gloires de la boue.

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