El navegante aéreo solitario

Ciudad del Cabo, 22 de septiembre

Hace dos días concocí al famoso "navegante aéreo solitario", a quien una falla en el motor obligó a detenerse, solo por un día, en esta Ciudad del Cabo. Es un individuo de unos veinticinco años, tiene un hermoso rostro oval, moreno, de mujer o de poeta, dos ojos almendrados y opacos, de enamorado o de santo. Se llama Udai Singh, y desde hace ya tres años vive casi siempre en el cielo. Viaja de un continente a otro, pasa de un océano a un desierto, con un aeroplano privado; tan solo lleva consigo a un mecánico ayudante, obediente y callado.

Dos noches hace lo observé con curiosidad, en el salón del hotel, pues ya me habían hablado acerca de él. Estaba triste, con la tristeza cerrada que esconde la desesperación, sus ojos húmedos hacían juzgar que hubiese llorado.

Procuré darme ánimo y me acerqué a él con intención de brindarle un poco de alivio:

–Mister Udai Singh –le dije–, sé quien es usted y cómo pasa su vida. me imagino que esta detención obligada será para usted una causa de sufrimiento. Cuente usted con toda mi simpatía y reciba mis buenos deseos de que mañana pueda reanudar el vuelo hacia el mar.

Solamente en la atmósfera elevada hallo la medida de mi respiración y el ritmo de mi ser. El cielo es todo mío porque yo soy todo el cielo.

–Le agradezco su simpatía –respondió el aviador–, y le confieso que tengo mucha necesidad de ella. Tener que descender y detenerme en la tierra es para mi una verdadera maldición. No puedo vivir más en el barro y en la piedra, no puedo soportar la vida y el ruido de mis semejantes. No tolero el planeta sino viéndolo desde lo alto: las fauces de sus cráteres, las gibas de sus montes, los ojos de sus lagos, las serpientes plateadas de sus ríos. A los hombres, a esos deventurados y agitados hombres, no los veo desde allá arriba, o a lo más como insectos anónimos, como hormigas que se mueven.

"Tan solo soy feliz cuando me libero, solo en el libre cielo: el sol es mi compañero fiel, las nubes son mis islas y mis etapas de viajes, las brumas mis lugares de ocultamiento, el viento es mi música. Cuando estoy a varios miles de metros por encima de la dura corteza habitada, me siento dueño del mundo y sobre todo me siento propietario único e imperturbable de mi alma. Usted, esclavo terrestre, no puede imaginar la ebriedad pura y alocada de los navegantes del cielo. Los pensamientos son más lúcidos y serenos, la mente esta más libre, el corazón más seguro, el alma es más divina. Un archipiélago de rosados cirrus a la hora del ocaso, es mi paraíso; las águilas con sus alas desplegadas son mis hermanas; el espejo inmenso del mar reflejando la grandiosidad del cielo es la pantalla de mis visiones. Solamente en la atmósfera elevada hallo la medida de mi respiración y el ritmo de mi ser. El cielo es todo mío porque yo soy todo el cielo.

"Mis antepasados huían del engaño de la falsa realidad visible refugiándose en la contemplación del ser único, del ser indistinto, de Brahma. Estaban evadidos y ausentes, pero siempre apegados a la tierra. Yo aprovecho un invento de los Occidentales para mi liberación y transfiguración ultraterrestre. Me repugnan las infamias de los pueblos y las miserias de los hombres, y por eso elegí vivir donde no veo sus rostros tétricos y no oigo sus voces insensatas.

"Debo descender frecuentemente a la tierra para aprovisionarme de alimento tanto para mi como par mi motor. Pero todo descenso entre vosotros es para mí humillación y angustia, y procuro que dure tan solo unos pocos minutos. Allá en lo alto puedo prescindir del sueño por espacio de varias noches seguidas, y si el cansancio me vence entonces mi fiel servidor ocupa mi lugar.

La he atravesado ya cuatro veces y las cuatro he salido de ella con el ánimo de un resucitado victorioso que ha visto con sus propios ojos el preludio de la creación

"Es verdad que hay allá tempestades y huracanes, pero los enfrento con menos terror del que siento ante el alboroto y los olores repugnantes de las ciudades. Atravieso con más gusto los mares que me inspiran temor, que las tierras habitadas. En el Atlántico hay una región espantosa donde reinan siempre la oscuridad, la niebla y los vientos, la llamamos "el pozo de las tinieblas"; siempre que pueden los aviadores la evitan, pero yo la sobrevuelo sintiendo la salvaje voluptuosidad del peligro, y cuando me veo sumergido en aquél caos negro y rugiente me parece estar en la espantosa vagina de un mundo que aún espera a su demiurgo. La he atravesado ya cuatro veces y las cuatro he salido de ella con el ánimo de un resucitado victorioso que ha visto con sus propios ojos el preludio de la creación"

Al habar de esa forma Udai Singh se había reanimado, brillaban sus ojos, su rostro había adquirido nueva luz. Pero, en quel momento se acercó su ayudante para decirle que lo llamaban desde el aeropuerto.

–¡Podré partir al alba! –exclamó el joven hindú.

Me saludó apresuradamente y desapareció en la noche.

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