La interrogante del monje

Monasterio de Zografo (Monte Athos), 9 de julio.

Desde hace algún tiempo me siento atraído por los santuarios, y no sé con claridad cuál es la causa. He quedio visitar ahora estos celebradísimos monasterios, en los que, según se me ha dicho, viven aún cenobitas contemplativos similares a los que durante la Edad Media se hallaban por todas partes. Acompañado de un pintorésco intérprete, con ribetes de teólogo, he pasado varios días en estas fortalezas sagradas que se aferran a la montaña, pero nada ví que saliese de lo común. Hombres encapuchados, casi todos ancianos y con barbas grises, o blancas, absortos y taciturnos, pero con poca luz en sus rostros.

Recién esta noche me ha sucedido una aventura extraña. Soy huésped en una hostería del monasterio en la que me asignaron una pequeña celda de paredes cubiertas con mediocres iconos de fondo dorado. Era ya medianoche y no había podido dormir, quizás a causa de las muchísimas tazas de café que había bebido durante el día. En un momento dado sentí que se habría cautlosamente la puerta de la ceda y noté una escasa claridad. Ne senté en el lecho, algo asustado, y vi entrar a un monje de elevada estatura, un viejo barbudo que llevaba un farol en la mano. Con lentos pasos se aproximó a mi lecho y clavó en mi rostro dos ojos ardientes pero sin decir palabra. Confieso que me quedé en suspenso y tembalndo, porque aquél rostro me recordaba a otros vistos años antes, en una casa de salud de enfermos mentales.

–¿Será verdad? ¿Será todo verdad? ¿Está usted seguro de ello?

No querría haberme equivocado, no querría haber entregado doradas manzanas a cambio de un puñado de áridas cenizas...

No comprendi de qué verdades me hablaba, y nada respodí; me sentía más y más turbado por aquella extraña visita.

–Usted viende desde lejos –continuó diciendo el monje–, ha viajado por muchas regiones del mundo, ha conversado con personas de todas las razas, religiones y, según parece, se siente atraído por las cosas de la religión. Y por todo esto yo le pregunto si cree que todo lo que enseña y profesa nuestra religión es verdadero, absolutamente verdadero.

Le respondí que yo no era ni teólogo ni santo, y que no me sentía capaz de resolver de buenas a primeras un problema semejante. Añadí que a una pregunta tal cada uno responde por su lado, de acuerdo a sus conocimientos y a sus experiencias espirituales.

Como si no hubiese comprendido mis palabras, el monje continuó hablando con mayor vehemencia:

–Quizás no entiende usted por qué le planteo con tanta ansiedad mi interrogante. Todo el sentdo y el valor de mi vida dependen de su sí o de su no. Cuando era niño, creí, creí todo, y por anhelo de una vida de perfección que me acercara con mayor seguridad a Dios, me hice monje. Piense en que hace ya sesenta años que practico esta vida, una vida de soledad, de renunciamiento, de sacrificio, de oración y mortificación. A pesar de la constancia de mi vocación monástica me veo asaltado, desde hace algún timepo, por una duda atroz. Si mi fe no correspondiese a la verdad, si la otra vida fuera un invento de la esperanza, si no lograse como recompensa la bienaventuranza eterna... ¿se da usted cuenta?, entonces yo había hecho la permuta más absurda que se pueda imaginar, habría rechazado los únicos bienes reales de la única vida que me ha sido acordada; habría trocado el todo por la nada. No he conocido ninguna de las alegrías y goces que consuelan los esfuerzos de los mortales. Hubiera podido gozar del amor de las mujeres, del orgullo de la paternidad, del descubrimiento de las naciones y del arte, quizás hasta de los triunfos que brinda el poder y de las dulzuras de la gloria. No he vivido como hombre viviente sino como un autómanta al servicio de Dios. Pero, ¿si no hubiera Dios?, ¿si no cumpliese ninguna de las promesas? En el decurso de sesenta años he hecho una vida monótona, encerrada, pobre, melancólica, con la única garantía de una fe que vacila en mi corazón y a veces se apaga por completo precipitándome hacia la desesperación. No querría haberme equivocado, no querría haber entregado doradas manzanas a cambio de un puñado de áridas cenizas, no querría haber fundado sobre la nada toda una existencia de recluso soñador. Por todas estas razones a todos los que vienen desde lejos, desde el mundo de los hombres, les pregunto en la noche si eso es verdad, si es absolutamente cierto lo que he creído y esperado. ¡Respóndame en nombre de Dios o en nombre de Satanás!

¿Quizás pretendía que yo, con pocas palabras, more geometrico, le demostrara en breves fórmulas la existencia de Dios...?

Finalmente comprendí que me las tenía que ver con un frenético perseguido por ideas obsesionantes.

Con la esperanza de lograr calmarlo le dije que, en cualquiera de los casos, su elección había sido la mejor, que la vida del mundo hace pagar a precio durísimo los pocos momentos de placer imaginario que les tocan en suerte a los hombres, que una vida solitaria y tranquila, libre de las desilusiones y de las traiciones, es ya de por sí misma un premio grande, aún cuando no existiera una recompensa después de la muerte.

El monje me escuchó de mal talante, sacudiendo su cándida cabezota. me pareció que su rostro se pasmaba y se contraía más que nunca, como el de un condenado al oír su sentencia. Luego, sin decir palabra tomó el farol y se alejó sin saludarme. ¿Quizás pretendía que yo, con pocas palabras, more geometrico, le demostrara en breves fórmulas la existencia de Dios y la eficacia de la Redención? Eso no podía ser más que el deseo de un psicasténico.

Huelga decir que no pude recuperarme de la sacudida causada por tan extraña visita, y que durante la noche no pude cerrar los ojos.

Hoy mismo me alejaré del Monte Athos.

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