Las venus feas

Mozambique, (África Oriental), 28 de mayo.

He conocido aquí a un riquísimo begociante y armador portugués que vive en Mozambique, durante varios meses al año, para vigilar sus negocios. Se llama Francisco de Azevedo, es una persona afable, de maneras abiertas, de óptimo gusto y posee una hermosa cultura. Pocos días hace me invitó a cenar en su residencia, situada un poco en las afueras de la ciudad, donde no tiene más compañá que la de sus servidores y servidoras de color.

–Después de tomar el café y una vez encendidos los cigarros, me amable anfitrión me dijo con aire de hacerme una confidencia preciosa:

–A pesar de las apariencias paso aquí una vida melancólica. Ya ha muerto la mujer que amaba; mis hijas se han casado en América, no tengo a nadie, no puedo querer a nadie. Las mujeres y los hombres que vivne en esta isla, de cualquier raza y color que sean, son personas horribles, de una fealdad obtusa que ni siquiera tienen los rasgos monstruosos y encantados de los primitivos auténticos. Son todos bastardos y mestizos, teniendo al mismo tiempo los vicios de la civilización y las miserias de la barnarie. Los soporto, pero sufro. Para atenuar el horror de esta malhecha humanidad he debido procurarme una evasión y quiero hacerle ver en qué consiste".

Me hizo pasar por varios cuartos vacíos, y luego, con una llave de plata, abrió una gran puerta taraceada con maderas raras. Encenció unas luces escondidas en el techo y me hallé en una gran sala redonda, cuyas paredes eran de rojo oscuro pompeyano, y que estaba llena de blancas figuras inmóviles.

Aquello era un espectáculo desconcertante y casi molesto, una asamblea de mujeres cándidas y desnudas, una junto a otra...

–Mirad –me dijo Francisco de Azevedo–, ésta es quizás la más rica colección de Venus que hay en todo el mundo. He querido reunir aquí, en fieles reproducciones, a todas las Venus que se admiran en las diversas partes del viejo mundo, en los muesos y palacios. Aproveché mis estadas en las principales ciudades de Europa para ordenar a buenos artistas que me hicieran reproducciones de estas imágenes famosas de la belleza ideal. ¿Qué os parece?

Reconocí a las estatuas más célebres de Afrodita que había visto en mis viajes: la Venus de Milo, la Venus de los Médici, la Venus de Cirene, la Venus de Capitolina, la de Cellini, la de Canova y muchísimas otras a las que no fuí capaz de reconocer. Algunas estaban sin cabeza, otras sin brazos pero todas mostraban el florecimiento de los senos, el suave escudo del vientre, la bien torneada perfección de las piernas.

Aquello era un espectáculo desconcertante y casi molesto, una asamblea de mujeres cándidas y desnudas, una junto a otra, algunas en actitudes lascivas, otras recogidas y púdicas, la mayor parte erguidas y soberbias, con aire de desafío y de ofrecimiento.

Bajo la clara luz eléctrica aquél desfile inmóvil y cándido de cabelleras bien rizadas, de senos bien modelados, de caderas perfectamente curvadas, de brazos bien torneados, todo ello no inspiraba ninguna idea de amor o de excitación libidinosa, sino más bien una especie de extraña incomodidad que se parecía confusamente al pudor.

No sabía qué decir, y nada dije, hasta que finalmente volvió a hablar mi anfitrión:

Durante estos años hice un doloroso descubrimiento. Las Venus, incluso las más afamadas y celebradas, son feas.

–Comprendo su silencio. Usted ha captado enseguida lo que yo, por un instinto de defensa, capté muy tardíamente. Cuando en la sala de un museo contemplamos una de estas célebres Venus, aislada en su esplandor, tenemos la ilusión de estar frente a un milagro de belleza antigua. Cuando por primera vez vi en Roma, en el Museo de las Termas, a la Venos de Cirene, en la estrecha sala que ocupa ella sola, sentí el casto éxtasis causado por la perfección de la belleza. Pero, cuando más adelante pude reunir aquí, como en un templo secreto, a todas estas Venus, no volví a encontrar la alegría pura que me prometía. Esperaba que estos monumentos del eterno femenino me sirvieran de consuelo ante la vista real de seres degradados y contrahechos que estoy obligado a hallar todos los días. Pero las Venus, reunidas todas ellas, no me han causado la exaltación intelectual y no carnal que cada una de ellas, mirada durante unos pocos minutos, me había causado anteriormente. La multitud congregada de los cuerpos perfectos engendra la saciedad, y casi diría hasta la náusea.

"Durante estos años hice un doloroso descubrimiento. Las Venus, incluso las más afamadas y celebradas, son feas. La mujer es juzgada por nosotros bella en cuanto es una promesa de placer y voluptuosidad. Pero si uno de nosotros, una vez anciano, equilibrado y sabio, supiese mirar a estas Venus con la misma fría imparcialidad con que un sabio zoólogo examina a un ejemplar común de la fauna terrestre, se daría cuenta de que también las Venus son animales que distan mucho de causar admiración y maravilla: esa pequeña probóscide que es la nariz, esa hendidura ferina que es la boca, esos dos abultamientos nutrientes que son los senos, esos glúteos indecentes que hacen pensar en la defecación... Pero no quiero insistir más. Quizás hice mal en hacerle ver estas hembras de mamíferos en mármol que los artistas han intentado transfigurar en armonía abstracta para compensarnos por las otras, mucho más repugnantes, que debemos ver cada día en carne y hueso. Perdone Míster Gog, y volvamos otra vez al salón para beber un poco más de oporto.

Y Francisco de Azevedo concluyó diciendo:

"A pesar de la colección de Venus mi vida continúa siendo triste y desconsolada. Me veo obligado a aturdirme en los negocios así como otros se aturden en el juego o en la guerra".

Desde aquella velada no he vuelto a ver al negociante portugués, y no tengo deseo ninguno de verlo nuevamente.

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